EL REALISMO SUFICIENTE
la fotografía en el cine ecuatoriano

La cámara empieza un movimiento de panorámica, al final un monte aparece, la música entra, el ritmo de la imagen se acomoda y alguien en la sala dice “que bonita fotografía”.  Esa es la primera impresión de lo que significa la dirección de fotografía en una película: la creación de imágenes bonitas o interesantes. Sin embargo, a pesar de que, en el cine las imágenes bellas tienen cabida, la dirección de fotografía es algo más. Es un trabajo en el que la imagen propone una lógica que va de acuerdo al tema de la película. Un momento fotográfico en una película es aquel en el que lo que sucede en la historia está potenciado por el color, el movimiento o la distancia de la cámara; hacerlo también es un trabajo de confluencia entre lo técnico, lo dramático y lo plástico. Un plano fílmico tiene un valor de diafragma (técnico), dice algo (dramático) y tiene una composición y un color (plástico).  Hacer fotografía cinematográfica es recorrer estos tres andariveles a un mismo paso.  

Pero fotografiar una película también es exponerse uno mismo, es correr un riesgo emocional y creativo; filmar un largometraje es acceder a un crecimiento personal y un repensarse como ser sensible e intelectual. En una película se pone todo lo que uno es: los valores, los principios, los gustos, la mirada cultural, etc. Eso es lo que posiblemente hace a un Director de Fotografía, el tener una opinión sobre la cultura y sobre la vida.

Desde el estreno de Ratas, Ratones y rateros en 2000 y desde la creación del Consejo Nacional de Cinematografía en 2006, nuestro cine no volvió a ser el de antes: aquel que se sostenía en la adaptación literaria, en la denuncia o en la militancia política. Desde estos dos momentos clave, el cine local entró al mundo del cine independiente y su mirada y mecanismos se liberaron. Nuestro cine ha crecido en algunas áreas y en otras todavía no (en la escritura de guión, por ejemplo). Las áreas que más se han desarrollado son las de la producción, la logística y organización de los rodajes, la música y la fotografía. Otras están en proceso de crecimiento como el montaje, el arte o la actuación.  

La fotografía ha crecido en nuestro cine porque está íntimamente relacionada con el desarrollo tecnológico y con la digitalización sin embargo, es una fotografía que transita por los territorios del realismo y el naturalismo. El discurso formal, aquel que se concentra en una estética evidente con altos contrastes, colores saturados, efectos especiales, transiciones impactantes o construcción de mundos fantásticos, aún no cala en nuestras imágenes por dos razones claras: la falta de recursos para las mismas y la segunda (y más importante): todavía no es necesario, porque nuestra necesidad por ahora, es contar lo que nos pasa desde lo reconocible, lo cercano y lo identitario.   

Ya no es el cine hablando de lo que significa ser ecuatoriano, ahora es el cine hablando de ser quiteño, manabita, de clase media, punkero guayaco, etc.  Un cine con una estética realista o el afán de reproducir imágenes conforme a la idea que tenemos de realidad y con una estética naturalista o el afán de esconder la construcción de un filme mediante la continuidad, la luz natural y los colores no exagerados. En este sentido, el uso de la cámara en mano ha sido la pauta para cargar a la historia de un carácter real y conflictivo a la vez sumado a una luz justificada, unos colores no evidentes y un ritmo apacible, solamente alterado por la expresividad de la música. El discurso realista se apuntala además con el uso de la luz. Transitamos por el camino de la luz moderna, sin elementos barrocos, ni clásicos.  Un cine que nunca tuvo estudios de filmación, ni se ha relacionado con el mundo del arte, no supo trabajar sentidos de iluminación muy elaborados; heredero del neorrealismo italiano y del cine latinoamericano contemporáneo, nuestro cine trabaja una luz afín al cine independiente: sin muchas connotaciones, ni metáforas, propone una luz para una fotografía necesaria para el medio y la cultura que lo rodea.

El formalismo es bienvenido y será parte de nuestro cine cuando se asuma como una especie de realismo hipotético, un querer ser, un salir de lo predeterminado. Es la posibilidad de un cine que lleve la mente a un viaje deseable, pero probable a la vez, un cine de libertad creativa y de reflexión no solo sobre lo concreto, sino también sobre lo imaginario. Cuando la necesidad de reflexionar sobre la identidad ya no sea la única norma, es posible que las películas encuentren estos caminos. Obviamente será también cuando los recursos económicos también hayan crecido. 

Cinco largometrajes se estrenaran próximamente: Mejor no hablar de ciertas cosas de Javier Andrade, Sin otoño sin primavera de Iván Mora Manzano, UIO de Micaela Rueda, La llamada de David Nieto y Distante cercanía de Alex Schlenker y Diego Coral. Es de esperar en estas películas una imagen fotográfica con una estética acorde a su dramaturgia y también es de esperar una imagen realista. Es nuestro cine de hoy, el que hacemos y el que somos. El que aún sentimos como suficiente.

 

 

Armando Salazar Larrea

Fotógrafo, Director de Fotografía y profesor de cine (USFQ)

 

- texto originalmente publicado en la Revista ANACONDA, cultura y arte

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